Leí un titular impactante: “Corea del Norte ejecuta a un alto cargo por su fracaso en combatir la crisis económica”. La noticia explicaba que el régimen comunista de Corea del Norte había ejecutado al ex director de Finanzas del Partido de los Trabajadores, Park Nam-gi, por el fracaso de una reforma monetaria puesta en marcha el pasado mes de noviembre que provocó un aumento descontrolado del precio de los precios de los productos básicos y que se devaluaran los ahorros en divisas, llevando casi al colapso económico a la república norcoreana. Park fue fusilado en Pyongyang por “haber llevado a la ruina la economía del país de forma planificada”.
No es la primera vez que Kim Jong-il -quien, por cierto, tiene como embajador internacional al catalán Alejandro Cao de Benós- resuelve una crisis liquidando a su responsable político. En 1997 ajustició públicamente al responsable de Agricultura, bajo la acusación de espionaje, como respuesta a las protestas sociales provocadas por la hambruna que asoló el país provocando la muerte de cerca de un millón de personas. El heredero del Gran Líder demuestra así tener una manera radicalmente expeditiva de “destituir” a sus responsables incompetentes.
Por suerte Cataluña no es Corea del Norte, aunque de seguir 30 años más los nacionalistas en el gobierno no dudo de que logren que emulemos su atraso; ni Montilla es Kim Jong-il, a pesar de compartir ideología en el pasado y de coincidir ambos en caracterizarse por un inexpresivo hieratismo.
Por suerte para los ciudadanos, pero especialmente para Joan Saura, España es una democracia europea, y en las democracias a los políticos responsables de una gestión catastrófica no se les ejecuta, se les destituye.
Pero Cataluña vive con el tripartito su propia excepcional singularidad. Joan Saura decidió renunciar hace tiempo a la ética política al no ser capaz de asumir su congénita incapacidad para ejercer de consejero de Interior, al no reconocer sus infalibles errores y, sobre todo, al poner en cuestión la credibilidad de los cuerpos que dirige a causa de su negligente comportamiento.
En una democracia madura, los responsables políticos deben rendir cuentas ante los ciudadanos por su gestión. Y, cuando ésta es repetidamente desastrosa, o bien es el propio responsable quien admite su incapacidad y presenta su dimisión o es su superior jerárquico quien, ejerciendo su autoridad, lo destituye. Pero en Cataluña no sucede ni una cosa ni la otra. Ni la lamentable actuación de la consejería dirigida por ICV en el incendio de Horta de Sant Joan, ni la dramática situación vivida por centenares de miles de catalanes tras la nevada de la semana pasada han hecho que Saura dimita y abandone el gobierno ni han conseguido que el presidente Montilla ejerza su autoridad y lo destituya. Lo primero es un ejemplo de falta de ética política, lo segundo un ejemplo de complicidad irresponsable.
Montilla está sentado en una silla de tres patas, y sabe que si corta una de ellas se cae indefectiblemente al suelo. Y el primer secretario del PSC no lo hará porque antepone sus intereses personales y de partido al interés general de los ciudadanos.
Cataluña no es Corea de Norte pero, desgraciadamente, comprobamos que, en cuanto a calidad democrática, tampoco es todavía Europa.
(publicado en Factual)