La siembra de sal y su extraña cosecha
Ceterum censeo Carthaginem esse delendam (”es más, creo que Cartago debe ser destruida”). Así acababa todos sus discursos en el Senado romano Marco Poncio Catón, conocido como El Censor. Este romano viejo no habita para siempre entre nosotros por ser uno de los primeros escritores en prosa en lengua latina o por ser un modelo de severidad, rigor y defensa de los valores tradicionales de su amada Roma frente a las libertinas influencias helenísticas, sino por ser el arquetipo de lo poderosa, temible e imparable que puede llegar a ser una idea fija. Un ejemplo de cómo el odio y la animadversión, rayana en la obsesión enfermiza, contra el único pueblo que podía poner en cuestión la hegemonía romana sobre el mediterráneo, Cartago, creó el marco mental necesario en el imaginario político romano para provocar lo que sería la 2ª Guerra Púnica, un conflicto que acabaría con la terrible imagen de la siembra de sal sobre las ruinas de la destruida capital cartaginesa.
Federico Jiménez Losantos no es Catón, pero si coincide con él en su alma de censor, pero no de la moral y las costumbres tradicionales -eso le podría enemistar con su nuevo jefe- , sino de aquella que encarna probablemente la peor de las censuras: la que niega la palabra al ofendido y su legítimo derecho de respuesta a la ofensa recibida. Extraña paradoja esta, provocada por aquel al que nuestro partido defendió su libertad de expresión y del que recibimos como agradecimiento durante semanas sus insultos y humillaciones diarias. La fijación malsana, enfermiza, febril de este personaje contra C’s, desarrollada durante la campaña de las europeas y prolongada en una resaca interminable, por no plegarse a los designios diseñados en los despachos de quienes se creen con el derecho de decidir quién puede y quien no participar en el debate político nacional, tuvo unos marcados e inmerecidos tintes de extraña fijación patológica.
El delenda est Ciudadanos con el que Federico J.L. acababa diariamente sus intervenciones radiofónicas era puro odio destilado fundamentado en la ignorancia y el desconocimiento de nuestro partido y de los principios que lo animan. Un veneno que finalmente solo califica para su vergüenza a quien lo inoculaba a través de unas ondas secuestradas.
Hoy he recordado sus inflamadas peroratas, sus ridículos comentarios. No le guardo rencor. Solo me produce una extraña sensación de tristeza estival.

