¿Prohibido prohibir?

En días como el de hoy reconocemos que de los valores revolucionarios y de cambio de paradigma propuestos por el Mayo del 68 solo ha quedado un fotograma en negativo.
Era en las paredes de la Universidad de la Sorbona donde se podía leer uno de los graffitis que destilaba el espíritu que animó este movimiento: “Prohibido prohibir. La libertad comienza por una prohibición.”  Puro oxímoron llamado a ser la divisa de una revolución que, como su acepción física definida como función cíclica, acabó siendo más estética que política.

Los naufragios intelectuales del mayo francés recorren ahora Europa trasvestidos de ese pensamiento único que no es sino un forma especialmente preocupante de fundamentalismo. Un discurso preñado de intolerancia y de imposición, donde desde una autootorgada supremacía moral se esconde una voluntad de exclusión del diferente que nos recuerda intensamente esa fatal atracción por el totalitarismo que sufre nuestro continente con la perseverante regularidad de los cometas.
Los guardianes de la intolerancia  recorren nuestro gélido paisaje ético como una enloquecida jauría de perros cuyo aullido, como en el año negro de Kadaré, hace descender aún más la temperatura moral que nos rodea. Estas cruzadas de razonamiento único que barren Europa de norte a sur y de esta a oeste tienen uno de sus epicentros legislativos ubicado entre nosotros. Hoy hemos vivido en Cataluña uno de sus éxitos: la ILP anti-Corridas de toros ha sido admitida a trámite. Poco razonamiento y mucho fundamentalismo ético preñado de prejuicio, mucha identidad excluyente oculta detrás de un debate pretendidamente animalista.
Es sobre libertad sobre lo que se ha debatido hoy. Y la libertad ha sido derrotada. Porque la libertad no empieza con una prohibición, muere con ella.

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