Decía el historiador soviético Mijail N. Pokrovski que la historia es la proyección de la política actual sobre el pasado. Esta reflexión, absolutamente desprovista de cualquier sombra de crítica, se ha convertido en Cataluña en una de las divisas de los nacionalistas, que como fieles alumnos de la escuela del totalitarismo, han hecho de la manipulación del pasado uno de sus instrumentos preferidos.
El pasado día 23, el presidente Montilla en el acto celebrado en el Palau de la Generalitat inaugurando el Año Macià, en el que se conmemorará el 150 aniversario del nacimiento (2009) y el 75 aniversario de la muerte (2008) de este ex presidente, reivindicó el legado pactista y el espíritu unitario del ex presidente de la Generalitat Francesc Macià, trazando en un discurso que lógicamente había escrito otro, un paralelo entre las virtudes de Macià al frente de la Generalitat y su propia figura como actual presidente de la Generalitat en una coyuntura actual marcada por las dificultades en la negociación del nuevo sistema de financiación autonómico.
El presidente Montilla ensalzó una y otra vez la “capacidad de corazón y de pacto” de Macià: “Como político fue un hombre de pacto, capaz de valorar de forma realista la situación política y de actuar en consecuencia, de recorrer con dignidad la distancia que siempre separa el ideal de la realidad“. “Cuando actuó como presidente supo defender ante el Gobierno de la República española las aspiraciones y anhelos del pueblo al que se debía“. “Supo defender ante la ciudadanía el resultado de un pacto político que daba a Catalunya nuevos instrumentos de autogobierno“, que quiso ser el “presidente de todos, más allá de ideologías y personalismos“, que “en los momentos de dificultad hay que reunir energías de todas partes para defender con toda la firmeza las aspiraciones legítimas de progreso del pueblo de Catalunya“. “La figura de Macià nos ayuda a los que estamos en la política como un referente pues mantuvo la dignidad y defendió Catalunya“. Finalizando con una semblanza del hombre: “La sonrisa de Macià es inolvidable, quería a Catalunya y Catalunya quería a Macià“.
La intencionalidad del presidente Montilla es tan obvia y burda que solo causa sonrojo. Pero lo que resulta realmente insufrible, de la batería de frases almibaradas con las que nos aleccionó Montilla, fue sin duda cuando pronunció: “La sonrisa de Macià es inolvidable, quería a Catalunya y Catalunya quería a Macià“: una de las cursiladas caramelizadas más empalagosas que he sentido jamás en política…solo superada por otra que el ínclito Josep Lluís Carod-Rovira nos regaló en este mismo acto al afirmar que Macià “No sólo amaba a la nación, sino a los nacionales, porque para él la nación era la gente (…) Y por ello era el abuelo de todos los catalanes“. Sonrisa inolvidable, amor mutuo y abuelo de todos los catalanes. Puro delirio naíf, preñado de imágenes bucólico-pastoriles, que no tienen nada de ingenuas. Convertir la figura de Macià, transmutada en un abuelo de sonrisa inolvidable, amado por todos, que defendió desde la unidad y el pacto de todos los partidos (nacionalistas) los intereses de todos los catalanes frente a la pérfida España, en el paralelo de un Montilla defensor de la financiación y el Estatuto frente a una España que expolia fiscalmente a Cataluña y no respeta sus decisiones, da una vez más, desgraciadamente, la razón a Pokrovski.
La tarea del nacionalismo en reinventar la historia es una constante tediosa pero eficaz. La necesidad de crear arquetipos políticos, de los que se derivan cualidades y comportamientos morales ejemplarizantes, se ejecuta mediante una reescritura de la historia que sustituye sin rubor las biografías de los personajes por vulgares hagiografías. ¿Que Macià en 1926 intentó una invasión militar de Cataluña desde Francia, el conocido como complot de Prats de Molló, para proclamar la República Catalana y conseguir la independencia?¿Que proclamó en 1931 la República Catalana violentando la legalidad vigente? No importa, aquello que no encaje con el modelo que se pretende construir, simplemente se elimina de la historia y asunto arreglado. Porque cuando la verdad molesta en la invención del pasado, aquellos que definen el relato colectivo, solo tienen que silenciarla. Y una historia selectiva no es historia, es propaganda.